Bishi

Un alma que decidió quedarse

Los gatitos, lejos de ser animales distantes como muchos los describen, son profundamente cariñosos con quienes logran conectar con ellos. Aunque su amor se da en sus propios términos, su compañía es silenciosamente poderosa. Su ronroneo, por ejemplo, tiene un efecto calmante tanto para las personas como para el ambiente. Muchos creen que los gatos tienen la capacidad de absorber y transmutar las energías negativas del hogar, actuando como verdaderos guardianes espirituales.

Su conexión con lo místico no es nueva. Desde el Antiguo Egipto hasta las leyendas urbanas modernas, los gatos han sido vistos como seres mágicos, capaces de ver más allá de lo visible, de detectar presencias y proteger a sus dueños.
No son simplemente mascotas: son parte del alma de la casa. De hecho, hay quienes dicen que los gatos no viven en nuestra casa… somos nosotros quienes vivimos en la suya.

Tengo varias historias con los gatos. De niña, mi hermana Brenda siempre tenía gatos: Minina, Skipe, a quien, por cierto, enterramos en el mango que estaba en nuestra casa con una carta que ella le escribió. Mi papá ayudó en todo y le dio el lugar a mi hermana por el dolor que sentía de haber perdido a su gatito.

Cuando mis tres hijos eran chiquitos, compartían habitación, y una noche que fui a ver que estuvieran bien, a media luz vi algo peludo sobre el sillón. Pensando que era una cobijita, me acerqué, y no sé quién se espantó más: si el gato, que maulló y se esponjó del susto, o yo, que grité, o mis hijos, que se despertaron llorando con lo acontecido.

Varios años más tarde, oigo en la madrugada gritar a mi hijo: “¡Salte, vete de aquí!”, y yo, muerta de miedo, corrí a ver qué pasaba. Era un gatito de la calle que estaba durmiendo en su cama. Salió corriendo y, al día siguiente, volvió a regresar. Descubrimos que entraba por un huequito que parecería increíble, pero así entraba. Acabamos encariñándonos con ella y se llamó Mishi. Vivió en Manzano muchos años y formó su club de gatitos a la redonda. Fue muy triste porque algún vecino los envenenó a todos.

Hace como ocho años, llegaron mis hijas a la casa con una gatita y, al inicio, les dije: “Devuélvanla, porque yo no quiero una responsabilidad más de todas las que tengo.”
Pasaron los meses y se llamaba “Gato” porque no me quería encariñar. Resulta que no se fue, que era niña, y es mi Bishi adorada.
Todas las noches, a la hora que sea que yo llegue, ella está en la puerta esperándome. Por las mañanas me va a despertar. Es cariñosa, tierna y sumamente inteligente, al grado de que todo imita. Si estamos platicando, se sienta como una visita más.
Una vez, mis hijas estaban dibujando y ella también tomó su pincel con la boca y se puso a dibujar con ellas. Cuando comemos, ella quiere comer con nosotros. En todas las reuniones familiares, ella se integra.

Desde que Bishi llegó a nuestra vida, todo cambió. Bishi no solo le trajo amor y compañía, sino también una energía distinta. Con sus pasos suaves y mirada profunda, Bishi cuida, consuela y transforma. Se acerca y nos acaricia como sabiendo nuestras preocupaciones. Cuando preparo mi maleta, se esconde en ella. Es más que un gato: es un alma que decidió quedarse para proteger y acompañar a esta familia.
Cuando un gatito elige una familia, es para siempre. Y ella, con mayor razón, ya que es la dueña de la casa y la más consentida.