Sam Giancana, el capo de Nueva York en Cuernavaca” o “Giancana en Cuernavaca
Por Javier Jaramillo
Luego de leer el importante rescate que hace Paco Rodríguez Ocampo —guayabo nato, neto, inigualable— sobre el capo de la Cosa Nostra en Estados Unidos, Sam Giancana, vecino de Cuernavaca finales de los 60 y la mitad de los 70, quiero compartir un hecho real que dos protagonistas me regalaron hace varias décadas, ambos sumamente conocidos, un policía y un carterista, que en sus ratos de ocio era burócrata del Gobierno del Estado.
Iniciaban los años 70’s y con un señor que nombrábamos como “El Gringo”, aparecían varios personajes de origen estadounidense, algunos cerca del Señor Giancana —el era “El Gringo de La Universal, negoció al que acudía cada día—otros siempre observándolo, ya desde algún lugar de Plaza de Armas o del zócalo. Mucho güero que parecían a sus órdenes, ubicados estratégicamente.
Cuernavaca vivía su esplendor, siempre hermosa, y contábamos con una numerosa colonia estadounidense, muchos de ellos ya integrados a la conservadora sociedad —de clase media o más arriba— de la época. Hubo otros “gabachos”, ex combatientes de la Segunda Guerra Mundial, que socializaban en estratos “más abajito”, por ejemplo uno que, con mis hermanos niños, allá por 1960–64, comía en la Fonda La Güera original, justo en la espalda de la Iglesia de Tepetates, en Clavijero, todavía en el viejo mercado “Benito Juárez García”.
Ese señor amable, aunque de aspecto rudo, cada que iba a comer un caldo de gallina, llevaba una revista enrollada que se asomaba en una bolsa trasera de su pantalón de mezclilla. La leía mientras comía. Era la prestigiada “The Ring”, especializada en boxeo, cuyo editor fue el reconocido crítico y periodista Nat Fleisher.
Lo último
Aficionados, practicantes prácticos en Baños Lido, de familia Boxística desde al abuelo griego, pedíamos nos tradujera lo que ávidamente revisaba en “The Ring”. Nos llegó a complacer y disfrutábamos a leyendas como Archie Moore, Floyd Patterson, Sonny Listón, Ray Robinson —ya para retirarse— o a europeos como el sueco Ingemar Johansson —sorpresivo campeón mundial pesado que noqueó a Patterson—.
Con el cambio de mercado, no volví a ver a nuestro traductor, apasionado del boxeo. Lo extrañé mucho, nos ponía al tanto de las figuras y, sobre todo, las clasificaciones donde en divisiones pequeñas aparecían mexicanos como José Medel o algún welter-mediano del tipo del guerrero Gaspar “El Indio Ortega”.
No tengo la fecha precisa, pero sería entre 1970-71, que a punto estuvo de provocarse un conflicto policiaco—político—diplomático con uno de los tantos turistas que rodeaban a Sam Giancana, que según constatábamos, era visto con aprecio por los cuernavacenses asiduos al centro y, seguro estoy, algunos sabían de quien se trataba por las noticias desde los Estados Unidos.
Bueno, uno de los gabachos, atlético, bronceado norteamericano vestía una camisa de manga corta, vistosos colores, un pantalón holgado de lino beige, mocasines tejidos, gafas oscuras y bien peinado con la clásica vaselina de los jóvenes de allá y acá.
Justo empezó a moverse como si bailara twist ese sujeto, en tanto su rostro cambiaba de color rojo a rosa y se estacionó en un gris mortaja. Metía las manos en una y otra bolsa, multiplicadamente. La gente lo veía y entendía que algo se le había perdido.
Atravesó Jardín Juárez, tomó Galeana, dobló en Hidalgo, llegó a Catedral y Morelos, y a la izquierda a la Presidencia Municipal. Conocía el edificio: y corrió justo a la derecha, hasta abajo, a la oficina del jefe de la Policía Judicial.
¿Quién era ese Gringo?
Se conoció después…
Resulta (aquí hago una pausa como en los lavaderos de mi vecindad con las inolvidables vecinas cuando hacían pedazos a alguien o algunos, para continuar el relato, real, “de a verdad de Dios”), que el güero era agente del FBI, de a de veras, como en el cine Gary Cooper o Sean Connery, y formaba parte del grupo enviado desde Washington para vigilar a Sam Giancana.
Según los que vivieron esos momentos, Giancana conocía a los agentes, incluso compartían en público y privado. Tal parecía que el mafioso de Nueva York y Chicago, tenía algunos serios acuerdos con el gobierno de su país.
El jefe de la judicial envió por su segundo al mando, el comandante Raymundo Ceballos García, un ex marino, campeón de natación en su natal Veracruz, llegado joven a Morelos y casado con una michoacana ya asentada años atrás aquí, doña Carmen González Gaspar, que procrearon seis hijas y un niño. Eran tiempos que toda la población conocía a sus policías y estos a todos, incluidos la diversa delincuencia que, aunque escasa y no tan violenta como hoy, existía.
—“Raymundo, tienes que encontrar a “los jijos que robaron a nuestro ilustre colega del FBI —lo decía con alta ironía y casi riendo—, se chin&%$?¡ su cartera y con ella su credencial con el poderoso sello de su gobierno. Que te platique y dale toda la colaboración”
Ceballos invitó a salir al atrio del hoy Museo de la Ciudad, y le lanzó directo, adoptando una posición de incredulidad:
—“Mi estimado colega, ¿cómo es que te bailaron la cartera?”
—“¡Nou lo seee, nou lo seeee..!, nos imaginamos un español champurrado.
Le pidió los datos donde se hospedaba y le prometió velocidad y soluciones. Estaba en una posada metros abajo de la escuela “Benito Juárez”, en Hidalgo, un lugar que manejaba don Luis Cornejo en algún momento, padre junto con doña Luisa Alatorre de un buen puñado de paisanos guayabos.
—“Te busco mi Güero, te busco pronto..!”
Y con sus dos o tres agentes de confianza se distribuyeron en distintas direcciones de la ciudad. “Ya saben que hacer, “peinen” cantinas y billares, busquen al Mata, al Sec, al Huber, alguno de esos cabrones se chingo al cuate este. Que les entreguen la charola y arréglense con los dólares, dice que traía como 700. ¡Sobre esa credencial! ¡Órale!”
Y empezó la búsqueda de los “mete mano” más ilustres de la región, considerados en el plano nacional “de lo más fino, junto con los de Iguala”.
La Suriana, El Paris Chiquito y Los Billares Galeana, uno. Otro a Los Chinelos, El California, La Lupita, y las pulcatas en Clavijero. El tomaría las de Matamoros, desde El Calvario hasta Morrow: El Cielo Morelense, El Jinete, la pulqueria, El Danubio, La Estrella, La Torre del señor San Miguel, El Satélite de don Clemente, Mi Oficina de don Chucho y El Billar de los Ponce en Arteaga y Matamoros.
Justo ahí estaba “el bueno”, invitando a sus amigos y ya había sacado unos dólares. Vio al mítico policía y lo saludó con un gesto de “ya ni modo”.
—“Quihubo cabrón, ahorrémonos el tiempo. Somos cuates, pero te pasaste. ¡Robaste a un agente del FBI! ¡No la chingues!”.
—“Oye Raymundo, no te enojes, pero te pregunto: ¿a poco no es una maravilla robar a un ladrón de este tamaño? ¡Acepta qué casos de estos no hay en el mundo! ¡Debieran darme mil años de perdón! ¿O no?
El comandante sonrió, aceptaba la destreza, el artegio, de ese hombre alto, fornido, blanco como la leche y de ojos claros, dueño además de una estruendosa risa. (“artegio” se refiere a la especialidad o habilidad específica que un ladrón utiliza para cometer sus delitos)
—¿No hayas tirado la credencial? El dinero no importa. ¡La charola! ¡La charola!”
—“Dinero no traía nada, me cae”, y soltó la carcajada dándole la credencial.
Volvió con el jefe judicial, le dio la charola y el movimiento de afirmación del director fue acompañado por dos palabras:
—¿La feria?
—“No había, cumplimos jefe”
—“Pasa a la posada y avísale al güey ese que aquí está su credencial”
Llego, le comento y su homólogo le extendió cinco billetes de 100 dólares.
—“Gracias comandanteu, too much”
Eso, eso mero, sucedía en el entorno de la presencia de Sam Giancana en Cuernavaca, que cuando fue regresado a Estados Unidos por agentes norteamericanos —entre ellos el “inocente” que le robaron su credencial del FBI, fue únicamente para que las mafias —el gobierno de allá, desde luego, lo asesinaran.